Pequeñas anécdotas del confinamiento

Durante más de dos meses de estar en casa, nos hemos visto obligados a acatar una normativa sin precedentes, como individuos y también como comunidad. La rigidez de las reglas desmanteló por completo nuestras viejas rutinas pero, como dice el refrán, “quien hace la ley hace la trampa”. Llamémosles pequeñas picardías, licencias, travesuras o transgresiones. El que más o el que menos ha cruzado disimuladamente la raya sin perder de vista los límites del sentido común.

Gran parte de la población mundial ha estado confinada ©iStock

Seguro que la perspectiva del tiempo da un toque surrealista a lo que durante el confinamiento nos pareció una resistencia, como la de tomar café al aire libre sin tener permiso, homenajearse con vino más de un día, cenar bizcocho los sábados, acelerar el coche más de la cuenta, cambiar de municipio para cortarse el pelo o sentirse agasajado por aplausos dedicados a otros.

Placeres del paladar

Tomar un café en una terraza se convirtió en una pequeña osadía.

Reading. Durante el confinamiento en Inglaterra, las normas permitían practicar deporte fuera de casa, pero no tomar el sol o incluso sentarse en un banco del parque. Siempre salí a la calle con atuendo deportivo aunque no tuviese la menor intención de hacer ejercicio, por si me miraban raro, y a veces me iba al campus de la universidad donde hay un supermercado con máquina de café. Sin estudiantes y en aquella plaza custodiada por árboles centenarios, el recinto es como un lugar secreto que inspira una pequeña transgresión. La mía ha sido la de disfrutar de un café moca en vaso de cartón sentada en una de las mesas de picnic.

Huesca. En los últimos años el consumo de vino en mi casa ha ido bajando progresivamente de ‘habitual’ a ‘ocasional’, pero en estos días de confinamiento muchas jornadas han terminado con una copa de vino, un gesto quizá extemporáneo en unos tiempos en los que no hay mucho que celebrar. O quizá sí. Cuando todo parece irse al traste, no viene mal apoyarse en antiguas costumbres, viejos afectos y pequeños placeres. Seguir adelante, un día más, mientras el tiempo se enreda en los aromas del tinto.

Madrid. Los bizcochos de los sábados han sido nuestra pequeña resistencia durante el confinamiento. ¿Por qué bizcocho?, ¿y por qué sábado? Lo del sábado imagino que está relacionado con la idea de que el fin de semana está para hacer cosas especiales. Lo de comer bizcocho para cenar era más bien una travesura consciente. Lo hicimos durante tres sábados seguidos, cuando apenas se podía salir de casa, y nos supo a gloria. Habitualmente sigo una dieta libre de azúcares y comer un bollo como plato principal no era lo más saludable, pero sí muy reconfortante. Eso sí, el bizcocho siempre era casero, con harina integral y estevia. No subían mucho en el horno, pero deleitaban el alma.

Un sencillo bizcocho puede alegrar el alma.

Aire y movimiento

Lanzarote. Como Thelma y Louise, pero sola. Así me sentía las primeras semanas de confinamiento acudiendo a mi trabajo por una carretera vacía y en silencio, pero con unas vistas espectaculares de montañas secas, mar, horizonte y la cara norte de la isla vecina. Sólo teletrabajé unos pocos días, así que fui de las privilegiadas que pude ver un tramo corto de la isla casi en soledad y en silencio. Fue como un viaje diario a la libertad. La densidad poblacional y de vehículos de Lanzarote es enorme, por lo que vivir esa experiencia no me pareció desoladora sino enriquecedora: nanovacaciones en movimiento.

Al caer la noche en Miami, todo el mundo tenía que volver a su casa.

Miami. En estos meses ha habido noches en las que me he sentido como una fugitiva al volante. En Miami el confinamiento no ha sido tan severo como en España, pero por las noches, el toque de queda sí era obligatorio. El problema era que la hora de arranque variaba por distritos. En mi barrio, empezaba a medianoche. Pero en el barrio de mi trabajo empezaba una hora antes. Varias noches se fue el santo al cielo en la redacción y salí más tarde de las 23:00. Tocó pisar el acelerador, primero para huir de esa zona, y segundo, para asegurarme de llegar a casa antes de que mi coche se convirtiera en calabaza.

Más tiempo en la calle

Alcalá de Henares. Como mi madre estaba viviendo en mi casa durante el confinamiento, cada dos o tres días yo iba a visitar y poner comida y agua al único inquilino del hogar de mi progenitora por aquellos días: Piki-piki, un diamante mandarín de apenas 4 centímetros que tarareaba su repetitivo canto nada más sentir mi presencia.

Uno de los días, se me hizo tarde por aquello del teletrabajo y, sin darme cuenta, salí a la calle al filo de las 8 de la tarde. De pronto me vi caminando por una larga avenida de la ciudad complutense mientras desde terrazas y ventanas atronaban los merecidos aplausos a los sanitarios. Estuve tentado de saludar a modo de disculpa mientras recorría el ruidoso camino, pero pensé que podría malinterpretarse y opté por disimular malamente. Mientras, pensaba que siempre había imaginado que mis sensaciones serían otras en medio de una estruendosa ovación.

León. Durante casi dos meses, nuestra única opción de salir de casa era ir al supermercado, a tirar la basura o a la farmacia. Convertí esos hábitos en rutinas y empecé a darme cuenta de la cantidad de desperdicios que generaba en casa por las veces que iba, diarias, a los contenedores. También me di cuenta de que siempre se me olvidaba algo de la lista de la compra. Era la manera de salir a la calle sin el temor de carecer de un motivo para estar fuera de mi casa. Pero, más allá de esto, decidí, según entró en vigor la fase 1, ir a la peluquería porque ‘no dominaba’ ya mis pelos aunque, para ello, tuve que transgredir la norma y cambiar de municipio. Todo por seguir con mi peluquera de siempre.

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