¿Qué preocupa a nuestros padres?

Los hombres y mujeres de más de 65 años forman el grupo de edad con el que más se ha ensañado la covid-19, de ahí que sus temores estén plenamente justificados. El miedo es libre y toma muchas formas. A veces es un pálpito y otras veces un peso difuso que desvela las noches. La mejor manera de desmontarlo es hablar de él.

En Damos Buenas Noticias hemos preguntado a nuestros padres, de entre 70 y 85 años, cómo perciben el día a día. Sus respuestas son diez miradas distintas del mundo alrededor, donde hay preocupación pero también una férrea voluntad por afrontar los temores.

Miedo a lo que pueda pasar

El principal fantasma de nuestros padres es la incertidumbre. El futuro se desdibuja, parece un interrogante, por lo que genera desconfianza. En Madrid, Rosa asegura que “no vive tranquila. Me preocupa muchísimo lo que pueda pasar en mi familia, en el resto, en todo”. Igual que Juana, desde Lanzarote, cuando nos confiesa que “se enfrenta al día a día con mucho temor y miedo a la situación. Me preocupa el desarrollo de la isla, que venga el turismo sano porque si no hay trabajo habrá muchísima hambre. El pueblo no puede rendirse, tiene que seguir trabajando”.

La incertidumbre nos invade a todos, pero afecta particularmente a los mayores ©iStock

Desde Madrid, Alma va más allá cuando apunta a la cultura del ahora mismo: “Vivimos algo nuevo y desconocido -dice-. Estamos en la época de la inmediatez, parece que todo debe resolverse pronto y con los avances tecnológicos, y esto no es así. La investigación científica lleva su tiempo y las vacunas tardan. Me preocupa el futuro, no el mío, sino el de mis hijos. Yo tengo el testamento vital con la Asociación DMD, y temo que si me tuvieran que ingresar, tal y como están las cosas, nadie se iba a ocupar de hacer válido que solo quiero cuidados paliativos”.

Otro de los grandes desvelos de los mayores es la amenaza de un nuevo brote de coronavirus en otoño. Desde Castilla La Mancha, Ramón e Inés hablan de “cierta intranquilidad por ver si la epidemia se repite y, sobre todo, por saber si hay garantía de una vacuna efectiva contra la covid-19”. En Alcalá de Henares, Carmen también habla de “miedo por mis hijos y nietos, que se puedan enfermar. Tengo familiares que han ingresado en el hospital y, aunque todos se han curado, cuando oyes en la televisión que ha habido tantos muertos, me preocupo. Ahora parece que todo está más tranquilo”.

El contacto con la naturaleza puede ayudar a sobrellevar las preocupaciones,

Desde su casa de Monzón, Engracia dice estar “preocupada, pero sin agobios, intentando no pensar demasiado en ello”. La fortaleza física y mental es crucial para no caer en el insomnio y la angustia, aunque el bombardeo de información difícilmente deja immune. “Las noticias que he visto en televisión no me han dejado indiferente”, se lamenta Engracia. “Me preocupa la enfermedad, por supuesto, y también la economía; no por mí, sino por los que vienen detrás”, añade.

Los psicólogos refuerzan la idea del miedo desde la calma: hay que respetarlo y darle la importancia que merece porque la situación de riesgo es real. Sin embargo, la actitud personal en el control de la pandemia y en el de nuestras propias emociones es clave.

Las rutinas suavizan la incertidumbre

Ser positivo no es negar la realidad, sino encontrar recursos que hagan más tolerable el miedo. Uno de ellos es seguir rutinas. Es lo que nos cuenta Alma cuando le preguntamos qué hace para llevar mejor las preocupaciones: “Hace muchos años que aprendí a vivir sola y procuro seguir rutinas: hablar por teléfono con las amistades, leer cosas fáciles, y hacer crucigramas y solitarios”.

Ramón e Inés coinciden con Alma en la necesidad de dar pautas al día: “Hacemos casi vida normal. Intentamos salir a diario, hemos recuperado los paseos y el café con churros. Nos vemos con los amigos los domingos, aunque siempre cuidando la distancia física y protegidos con mascarillas”.

En Ponferrada, Francisco y Margarita han pasado de recorrer la casa durante la fase 0, a pasear por el barrio durante la fase 1 “intentando volver a hacer la vida de antes. Como no tenemos teléfonos modernos – aseguran- las llamadas familiares se han multiplicado, combinadas con lectura, mucha televisión y juegos de cartas, que hacía muchos años que estaban guardadas en el cajón”.

No a la sobreinformación

La cautela hacia el exceso de información también es tónica común entre los padres. Un consumo moderado ayuda a controlar las obsesiones. Alma oye “las noticias solo una vez al día” y Ramón e Inés aconsejan ver poco la televisión “porque solo difunde historias pesimistas que se repiten una y otra vez”. La misma impresión tienen Francisco y Margarita, quienes confiesan haber vivido “momentos de mucho miedo por la sobredosis de noticias en la television y en la radio”.

Muchos de nuestros mayores están más preocupados por sus hijos y nietos que por ellos ©iStock

Para Juana, una manera de enfrentarse al clima de desasosiego es “apoyarnos unos en otros, compartir con los que no tienen nada. No nos podemos parar, tenemos que seguir avanzando todos juntos y tener mucha fe en la investigación, que es lo principal”.

La aceptación de la realidad circundante es una estrategia resiliente. Desde Madrid, Antonio asegura que está tranquilo. “Nunca he estado tan convencido de que ya tengo todo hecho y, lo que me pase, ya me lo espero”. Su mujer, Rosa, busca en el autoconvencimiento un escape positivo: “Para llevar mejor la preocupación me doy yo misma ánimos y me digo que no vale lo que yo piense”.

La misma receta de no ceder al desánimo parece tener Engracia: “Me mantengo ocupada, me entretengo mucho, veo un rato la tele, leo otro rato, doy muchas vueltas por mi casa, que por suerte es grande. Mis días transcurren monótonos, entre la rutina y las llamadas con mis hijas y nietos. Al final, son casi como antes, pero con algunas restricciones”.

Es buen consejo seguir el de aquellos que han vivido más, por su experiencia, sabiduría y sentido común.

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