Reflexiones e inquietudes

Por José García-Lozano*

Mientras yo volaba de Madrid a Toronto el pasado 9 de marzo, el gobierno anunciaba el cierre de todos los colegios y universidades en Madrid como resultado de la covid-19. Iba ilusionado a pasar más de tres semanas con mis nietos y, al aterrizar, me encontré con la noticia.

Ni qué decir que la alegría de abuelo se me empañaba un poco cada día pendiente de los acontecimientos. El 14 se declaró el estado de alarma, y el día 15 me enteré de que el último vuelo de Toronto a Madrid era el 17. Ya en Guelph, la pequeña ciudad canadiense donde viven mi hijo y su familia, se estaban tomando medidas de distanciamiento y empezaba a cundir un poco el pánico. Los amigos que encontrábamos en el parque sonreían amables pero cautelosos sabiendo que había llegado de Madrid hacía unos días. 

Desilusionado por dejar a los nietos atrás, pero ansioso por llegar a casa, volví a Madrid y, de repente, sentí como una especie de curioso arresto domiciliario. Tengo una familia desperdigada, con hijos y nietos en Guelph y Ottawa (Canadá) y otro hijo en la Ciudad de México, donde yo nací. Como todo el mundo, me acostumbré pronto a las llamadas, los aperitivos y las visitas por internet. ¡Qué remedio!

Pero, pese a todo lo duro del confinamiento, debo decir que ha sido un período que nos ha traído muchas cosas positivas. Personalmente encuentro refrescante el hecho de estar viviendo una época privilegiada en la que se está dando con tanta intensidad un intercambio apasionado de artículos, análisis, conferencias o documentales sobre la especie humana y su interacción con el medio ambiente. Indagaciones sobre la naturaleza misma del virus y su comportamiento, o cuestionamientos sobre el sistema capitalista destructor de ecosistemas.

Ha sido un tiempo de muchas teleconferencias con los nietos inocentes, con familiares. Días de debates con amigos en este indagar, leer y pensar, como si sintiéramos una preocupación existencial común.

Además, hemos constatado que lo que de otra forma sería inconcebible lo hemos hecho por necesidad y voluntad política: frenar todas nuestras actividades reduciéndolas a lo esencial. En un debate coordinado por la Plataforma por un Nuevo Modelo Energético, uno de los ponentes explicó cómo el frenazo de marzo y abril había reducido la contaminación ambiental a los niveles necesarios para un mundo mejor. Pero claro, para mantener esos niveles y operar industrias necesarias para la economía, todos tendríamos que sacrificar algo: por ejemplo, el uso del coche y la climatización de nuestros hogares.

Pero cualquier cambio dramático ¡suena tan difícil! Queremos volver a nuestro mundo de antes, al consumo de siempre, a los viajes, a todo. Y ya estamos aquí con la desescalada, la gente hablando de la “nueva normalidad” y que lo vivido parezca solo una pesadilla. Aun así, logramos escuchar los grandes silencios y enfrentarnos a nosotros mismos, comprobar que no necesitamos tanto para vivir y sacar algo positivo de la vida. ¿Seremos capaces de hacer cambios profundos en el futuro para tener un mundo mejor? ¿Seremos capaces de crear las condiciones políticas que faciliten esos cambios? Qué lucha tan grande queda para las generaciones futuras…

*José García-Lozano es mexicano-canadiense, afincado en Madrid desde hace 5 años. Ha desarrollado su carrera profesional en el ámbito social y humanitario, trabajando en diferentes ONG.

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