Primeras impresiones de la “nueva normalidad”

Después de casi 100 días, el domingo 21 de junio el gobierno español declaraba el fin del estado de alarma. Marca un punto de inflexión entre lo que fueron tres meses de rigurosas restricciones y lo que se ha venido denominando la “nueva normalidad”. Se nos ha quitado el miedo de infringir las normas. Podemos celebrar cumpleaños no virtuales en familia, quedar con amigos y brindar copa con copa, charlar sin wifi y hasta recorrer España de punta a punta. Aunque las reglas del confinamiento sean ya papel mojado, se respira cierto aire de extrañeza: mitad ilusión, mitad cautela, deber de prevenir y sentido de alerta.

Reencuentros familiares

Huesca. “¿Pero ya hemos pasado de la fase 3?” “¿Y esto se puede hacer?” Nadie tenía claro el pasado sábado si ya habíamos entrado en esa ‘nueva normalidad’ de la que tanto hemos hablado. Tampoco sabemos muy bien cómo actuar en una situación que puede ser cualquier cosa menos normal. Aunque con dudas, y no sin miedos, volver a comer en casa de tu madre después de cuatro meses es una experiencia impagable. También lo es conocer, sin pantallas de por medio, que en la vida de personas queridas han pasado cosas importantes. En el lado negativo, la alegría se nos ha enfriado hoy con el temido rebrote. De nuevo toca extremar la prudencia y no olvidar que debemos seguir alerta. Por si alguien no se había dado cuenta, el final de esta odisea está todavía lejos.

Lanzarote. Volvemos a los encuentros familiares y a las celebraciones olvidándonos temporalmente del coronavirus. Comenzamos la semana cantando cumpleaños feliz nueve gargantas afinadas y corazones risueños. Pudimos compartir un par de horas de nuestras vidas con charlas y juegos sin nombrar ni una vez la enfermedad. Sí es cierto que la incidencia en Canarias es muy baja y no hay pacientes de la covid-19 en cuidados intensivos. Lo disfrutamos a tope como si fuera una realidad paralela: al salir de casa ya había que ponerse la mascarilla.

Las celebraciones alejan temporalmente la sombra del coronavirus.

Alcalá de Henares, Madrid. Alarmado, lo que se dice alarmado yo no estaba, pero sí expectante e ilusionado ante la reunión familiar. Hermanos, madre, sobrinos… mucho tiempo sin compartir mesa y mantel. Mucho tiempo siendo virtuales. Mucho tiempo con sucedáneos del contacto humano, que no es lo mismo. Saboreé con ilusión esa parcela de libertad perdida. Mucho se ha escrito sobre los que cometen abusos y desprecian las medidas de protección pero poco de la inmensa mayoría que sí ha sufrido con paciencia las limitaciones por el bien común. Por eso quizá me alegró ver las reuniones en las terrazas, las risas y confidencias reencontradas. No sabemos qué viene ahora, pero hay ganas de alegría, hay ansias de felicidad compartida.

Volver a la “normalidad” con el vecindario y amistades

León. Ya estamos en la ‘nueva normalidad’. A simple vista, nada ha cambiado desde ayer pero hoy el vecindario es una ebullición. Todos, sin excepción, hemos dejado atrás el ‘miedo’ y hemos aprovechado el buen tiempo para disfrutar de nuestra pequeña parcela al aire libre con amigos. Vuelve el flujo de coches y personas entrando en cada casa. Los anfitriones nos hacemos los buenos cocineros. Todo huele muy bien, la música dispara su volumen y las conversaciones, cruzadas, se suceden. Parece que todo vuelve a ser como cualquier domingo anterior al confinamiento. Junto a ello, todos nos sentimos afortunados porque no ha pasado nada y todos hemos avanzado cómo vamos a pasar nuestras vacaciones. Ahí sí habrá diferencias.

Madrid. El ambiente en la calle se siente raro. El tráfico ha vuelto, hay gente por todas partes y ver tantas mascarillas sigue siendo extraño. Pero en una ciudad tan grande y tan poblada como Madrid, ¿qué se puede esperar? A nivel anímico, la gente se ve contenta, con ganas de recuperar planes interrumpidos, de reanudar reuniones aplazadas y, sobre todo, la actividad al aire libre. Hacer un picnic en el parque de El Retiro o tomarse algo en una terraza con el grupo de teatro al que no se ha vuelto a ver en meses son excusas estupendas para volver a verse y disfrutar de algo de “normalidad“. Sin embargo, junto a la necesidad de “libertad de movimiento“, también se siente el recelo y la duda sobre si todo esto será duradero.

Desde una distancia muy cercana

Miami, Estados Unidos. El final del estado de alarma en España lo vivo con ilusión, pero desde la distancia. En Estados Unidos sigue en vigor el veto a los viajeros procedentes de Europa que no sean ciudadanos estadounidenses, por lo que de momento no me muevo de aquí, ya que me arriesgo a que no me dejen volver. En mis conversaciones con la familia y amigos, siento que hay un revoltijo de emociones: alivio y alegría por los reencuentros, pero también recelo y preocupación ante la llegada de una posible “segunda ola”.

Reino Unido. Para mí, el fin del estado de alarma ha significado, sobre todo, movilidad. Que se abran las fronteras y que me permitan regresar a casa es como protagonizar un anuncio navideño de turrones. Además, el suspiro de alivio ha sido doble porque el gobierno ha suprimido la cuarentena a viajeros procedentes del Reino Unido, por lo que estoy exenta de pasar catorce días encerrada en casa nada más pisar suelo español. La cuarentena de las dos semanas la tendré que cumplir a la vuelta si es que el gobierno de Boris Johnson no revisa la normativa vigente. En cualquier caso, eso será en septiembre; hoy, carpe diem.

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